Así me quedo cada vez que, ya tarde en la noche, me pongo a investigar sobre las nuevas tecnologías educativas que me está enseñando este curso.
Ha sido algo paulatino pero rápido, me ha enganchado sin mucho miramiento hacia mi estado de aceleración permanente. Me sorprendo a mí misma diseñando mentalmente actividades y proyectos interesantísimos que me alejan del bloque de exámenes que tengo justo enfrente. Ya no me evado pensando en lo que estarán haciendo mis perras en casa, adormecidas en un sillón, sino en qué propuestas interesantes habrán colgado mis colegas en las redes del curso. ¿Algo, quizá, que me ayude con el rephrasing? ¿Alguna técnica que enganche a los que más dificultades tienen?...
Dejo momentáneamente los exámenes para salir a regar los semilleros que tengo colocados en el pasillo del cole. A ver si a mis chicos se les va a secar el proyecto antes de terminarlo...
Pero, antes o después, una metafórica pedrada me devuelve al mundanal ruido del ladrillo de exámenes sin corregir, de las programaciones que seguir, de los estándares que redactar.
Confío en que mi ya desgastado cerebro sea capaz de conservar tantos datos, tantas ideas geniales, hasta el verano. Poder sentarme tranquila, sin prisa, junto a un té fresquito, a bucear en las procelosas aguas de la innovación pedagógica. Disfrutar de mi propio proceso de aprendizaje, de todo lo que me estáis aportando, y poder proyectarlo en algo fáctico en un futuro no muy lejano.
Disfrutarlo mientras me canta Sabina y, a mis adormecidas perras y a mí, nos dan las diez, y las once...